*DEL PODER A LA AUSENCIA: LA HISTORIA DE CÓMO EL PAS SE FUE APAGANDO EN SINALOA

Hubo un tiempo en que el Partido Sinaloense no necesitaba presentación. Bastaba con decir “el PAS” para que cualquiera entendiera de qué se hablaba: estructura, operación, presencia en las calles y una base que no solo simpatizaba, sino que se movía.
Todo comenzó con Héctor Melesio Cuén Ojeda, un personaje que no construyó un partido desde el escritorio, sino desde la universidad, desde los grupos, desde el contacto directo con la gente. Su proyecto creció con disciplina, con estrategia y, sobre todo, con una visión clara: tener fuerza propia en Sinaloa, sin depender completamente de los grandes partidos nacionales.
No fue fácil. El PAS se formó entre críticas, resistencias y desconfianza. Muchos lo veían como un experimento político sin futuro. Sin embargo, poco a poco, empezó a ganar terreno. Se metieron en colonias, en fraccionamientos, en comunidades. Tocaron puertas, organizaron estructuras, formaron cuadros. No era un partido de momentos; era un partido de trabajo constante.
Y funcionó.
El PAS llegó a ser una de las fuerzas más visibles del estado. Tenía presencia real, no solo en campañas, sino todo el año. Mientras otros partidos aparecían cada elección, ellos ya estaban ahí. Esa constancia los volvió competitivos, influyentes y, en muchos casos, decisivos.
Pero también cometieron errores.
En su crecimiento, el partido empezó a mezclarse con el poder. Las alianzas, los acuerdos y las negociaciones lo fueron alejando de esa identidad que lo hacía distinto. Lo que antes era cercanía con la gente empezó a verse como cálculo político. Lo que era estructura sólida comenzó a depender demasiado de una sola figura.
Y ahí estaba el punto clave: todo giraba alrededor del Maestro Cuén.
Cuando él faltó, el golpe no fue solo emocional; fue estructural. El PAS no estaba preparado para funcionar sin su fundador. Lo que parecía una organización firme terminó evidenciando su fragilidad interna.
Hoy, bajo la dirigencia de Robespierre Lizárraga Otero, el partido intenta mantenerse, pero lo hace sin ruido, sin fuerza y sin rumbo claro. No hay movilización, no hay presencia constante y, lo más grave, no hay conexión con la gente.
Las calles, que antes eran su principal escenario, ahora están vacías de su presencia.
Las redes sociales, donde hoy se gana atención y relevancia, tampoco reflejan actividad significativa.
Y la política, que nunca espera a nadie, ya siguió avanzando sin ellos.
El PAS no desapareció de un día para otro. Se fue apagando lentamente. Primero dejó de sentirse fuerte, luego dejó de notarse… y ahora, para muchos, simplemente dejó de existir en la conversación pública.
Lo más duro no es que haya perdido elecciones. Eso le pasa a cualquiera.
Lo realmente crítico es que perdió identidad.
Porque un partido puede sobrevivir a derrotas, a crisis e incluso a la falta de liderazgo momentáneo. Lo que no siempre sobrevive es al olvido. Y hoy, el PAS parece estar justo ahí: en ese punto donde ya nadie lo confronta, pero tampoco nadie lo sigue.
Así, lo que alguna vez fue una maquinaria política en Sinaloa terminó convertido en un recuerdo lejano… uno que, poco a poco, la gente dejó de mencionar.
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